viernes, 2 de octubre de 2009


Hermano americano.

Sin conocimiento del lugar, ni leído o escuchado. Sin nadie cercano que lo hubiera visitado. Así, desprovista, llegué a Machu Picchu.
Pero con Neruda como guía. Escuchando su voz única de trueno, cantándole y contándome la historia: “entre la atroz maraña de las selvas perdidas”. La voz inconmensurable del poeta y yo, solos ante la grandiosidad en ruinas.


"On the road" (2)

martes, 29 de septiembre de 2009


Pregunta sin respuesta.


Leo el libro para los 35 niños de 5 años. Voy mostrando las fotos.
La última imagen es la del personaje con un manojo de globos multicolores en las manos que lo elevan al cielo.

R. pregunta si es de verdad lo que pasa allí. En el acto me invaden estas preguntas:
¿Romper la magia que hace dudar a R.? ¿Y la de los otros 34 que no preguntan?

Respondo con otra pregunta: “¿Alguien quiere contestar a R?”
Cuerpeo la respuesta. Esquivo responsabilidad.

"Sapos y princesas " (2)

domingo, 27 de septiembre de 2009



Latinos y limpitos.

Tarde de sábado otoñal. María Luisa y yo buscamos pensión en la hermosa ciudad estudiantil.
Suben los precios cuando detectan nuestro acento.

Los latinoamericanos se duchan todos los días ,
nos incrimina una de las Doñas dueñas.

Otra concluye con alerta sanitario:
.-"¡ Signorina ! , fare la doccia ogni giorno indebolisce ".-
( ¡Señorita! , ducharse todos los días debilita!)
“On the road”((1)

Caperuloba.

Pesada, me tenés podrida, contestó Caperucita a su dulce madre. De un zarpazo, le arrancó la cesta de la mano y furiosa inició el camino.
Los animalitos del bosque corrieron a sus sucuchos al verla venir. Sabían de sus crueldades: patadas, pedradas y otras atrocidades innombrables.
El buen lobo corrió a esconder la abuelita en el ropero. La ancianita enferma no resistiría hoy las zancadillas y empujones de su malvada nieta. " Sapos y princesas " (1)

martes, 22 de septiembre de 2009

En el Día del Maestro .
Para Élida J. Tuana.

Había terminado el escrito. Me acerqué a la profesora. Le entregué las hojas y se lo dije. Ella me miró perpleja, casi molesta.
“.- Vaya y plantéeselo a la directora.- ", me respondió.
A gatas me había animado a hablar con ella - profesora del año - y ya me había puesto colorada.
Con dieciséis años y recién llegada a la capital, no sabía cómo dirigirme a alguien tan importante como la directora. Solamente el pensarlo,desataba mi incontrolable rojez, que no era rubor.
Si me traspiraban las manos, las axilas; si me temblaba el cuerpo, nunca llegué a saberlo. Para mí sólo existía ese fuego delator que escapaba a mi control. Me dominaba burlón, siempre ganador.

Lo imperativo del planteo me llevó hasta el lugar indicado. Solamente la urgencia logró que actuara. Sin saber con la voz prestada de quién, pedí permiso y entré al despacho de la directora. Ella no levantó la vista de sus papeles. Me preguntó qué quería. Sentí que la cabeza me iba a explotar, indoloramente. Obedecí, exponiendo mi solicitud. Hablé con la misma voz que no reconocía mía y a un ritmo mucho más acelerado. Me apuraba intentando concluir antes que ella levantara la vista.
Para que no me viera. Roja, incendiada. No lo logré.
Me miró y habló, con su voz vibrátil. La oí como si me hablara desde muy lejos y muy alto, aunque estuviera sentada y fuera baja de estatura en la realidad. Sentí que ella sólo veía mi desenfrenada cara roja , no a mí toda. Sacudiendo la cabeza rítmica y pausadamente, como con desconsuelo me dijo:
.-“No puedes seguir pensando solamente en Colonia”.-



Yo terminaba de decirle que renunciaba a mi segura condición de aprobada, sin oral y pedía se me incluyera en la lista de los menos agraciados sí o sí a oral. Porque por ellos empezaría la corrección de escritos y a las dos de la tarde comenzarían los orales. Según mis cálculos, con la C de mi apellido estaría pronta antes de las cuatro y media de la tarde. No importaba con qué nota sino a qué hora. Es que era viernes y a las cuatro y media saldría la última Onda para Colonia.

domingo, 20 de septiembre de 2009


Viajera perdida en serbio


La viajera vivía ese primero de enero en Venecia, después de compartir un fin de año con arepas y caraotas negras. Uno de los venezolanos había encargado estos comestibles a su país. Todos los del grupo sospecharon, sin confirmarlo, que el inusual envío había llegado por valija diplomática. Nomás para amainar nostalgias en esa fecha, celebraron con comida venezolana.


La música compañera no podía faltar. La guitarra del brasileño nordestino había viajado con el grupo desde Perugia, en tanto su dueño marchaba al sur, a Corfú. Mayoría de venezolanos transformaron la guitarra sertaneja en cuatro llanero. El milagro exigió poco: supresión momentánea y mecánica de las cuerdas quinta y sexta. Una mano femenina y sutil las sofocaba pasando el brazo por detrás de la caja. El hábil caraqueño se encargaba de arrancar, con imprescindibles dos manos, las mejores melodías de ese instrumento recién nacido. La música venía volando del otro lado del océano, envolvente y hermanadora.
Música y palabra. Común castellano a pesar de las tantas alteraciones – bemoles y sostenidos - de los países de origen. Un poco cambiada, como la guitarra nordestina en cuatro llanero, la lengua materna permanecía siempre reconocible en sus sonoras cuerdas básicas.


De esa Venecia -Venezuela, partió la viajera a Zagreb. Iba al encuentro de otros latinoamericanos. Pero no ya con la familiar lengua del Dante como entorno sonoro y escrito.
Su croata básico le permitía apenas comprender que la impronunciable trg significaba plaza.
Y además le eran reconocibles los tres grafemas que la constituían. En el mismo sentido, tita, le indicaba “de Tito”. Y ella iba a Trg Tita, al encuentro amigo. Allí, otro chapuzón en castellano con chilenos y costarricenses.


Llegó luego a Beograd. Fue ingresar al mundo de lo indecodificable.
Una mezcla de desagrado y excitación ante el desafío, cubrió a la pasajera junto con la nieve que caía. Papelito en mano con un dibujo irregular como de nene de tres años, buscaba el correspondiente diseño en los carteles de los ómnibus. Mucha espera, mucho frío y un gran desvalimiento.
«No sé hablar; no sé leer. No soy». Así se sintió la mujer.


Tal vez habían pasado solamente diez minutos en el reloj. Una eternidad. Emergió de su desierto nevado cuando logró reconocer coincidencia entre su dibujo en el papelito - que apretaba su mano derecha enguantada - y el cartel del ómnibus que llegaba. Se le pobló y coloreó el paisaje. Hasta lindas le parecieron ahora las caras de los serbios alrededor de ella en la parada , que un momento atrás sentía de mármol blanco. Imaginó destellos de luces de colores que le guiñaban con complicidad desde la parte de arriba del aparecido ómnibus. Con intermitencia risueña, iluminaban el dibujo deseado y esperado.
Respiró aliviada, aliviadísima. Subió. Se acomodó en un asiento. Liviana, livianísima.